OBRA
Obra

Escritura que
no pide permiso.

Ficción, poesía y más. Todo lo que no pudo quedarse adentro.

Microcuento
Quiosco
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01

Nunca pude comprar nada ahí. Sólo con ver a la gente amontonándose, bastaba para saber que yo no pertenecía… que ni siquiera tenía derecho a pedir nada, aunque pudiera pagarlo. Se empujaban como locos, y hacían lo que sea por conseguir el maldito pan que querían…. Sabían que podrían tenerlo si empujaban y aguantaban un poco más ¿Y yo? Yo ni me atrevía a entrar a empujar.

Han pasado tantos años desde ese quiosco, pero todo sigue exactamente igual. No puedo hacer nada mientras empujan hasta conseguir el pan que quieren… Ni siquiera tengo derecho a estar ahí. Al final, supongo que da lo mismo si tengo diez o más de treinta años, probablemente sólo será otro recreo más con hambre.

Poesía
La Luna y el Mar
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02

La luna al mar mover puede sin notarlo si quiera, Pero, ¿podría el mar alguna vez a la luna mover? Sólo basta un simple resplandor para hacerlo rugir, Sólo basta un pequeño fulgor para hacerlo anhelar al cielo tocar.

La sonrisa de la luna hace saltar a las olas, Chocan con las rocas una y otra vez sólo para a caer volver, Sin nunca al cielo poder alcanzar ¿Puede la luna ver el movimiento del mar? ¿Puede la luna intentar acercarse también?

Si al menos una sola ola pudiera al cielo saltar, Si al menos una sola gota pudiera a la luna rozar, ¿Apreciaría ella su llegada? ¿Valdría la pena, valdría la pena?

Poesía
Grietas
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03

Cuando algo se rompe, a las grietas culpamos. Cuando algo se rompe, Es porque ya roto estaba.

Pero…. ¿Y si no? Tal vez, las grietas no rompan. Tal vez, las grietas te cuidan.

Separan fragmentos que ya no conectan. Separan fragmentos que ya no se encuentran.

Tal vez, esa separación, evita más grietas.

Narrativa
El Niño que dice "Ahhhh"
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04

Quilpué era una ciudad tranquila, aunque para mí nunca había sido más que sólo un pueblo. De hecho, a modo de burla, me gustaba llamarlo "Quilpueblo". Un pueblo que, de algún modo, desde siempre menospreciaba, aunque ni siquiera lo conocía a pesar de estar a menos de media hora de distancia. Un pueblo de calles y casas tan iguales y enigmáticas que, en ocasiones, se sentía como un verdaderamente aburrido laberinto. Era en una de esas calles, en el punto más bajo de una que parecía hundirse en la vida misma, que vivía un niño… diferente. La verdad, incluso desde mucho antes de conocerlo, lo primero que se me dijo de él es que era "especial".

Tal vez, sea hasta difícil saber si ni siquiera debería llamarlo niño. En realidad, él tenía 17 años, y estaba a punto de cumplir los 18. Desde un punto de vista superficial, mucha gente diría que no era un niño. De hecho, si tú lo veías, era como ver a prácticamente cualquier otro adolescente entrando en la adultez. Así era, o al menos eso parecía, siempre y cuando sólo lo vieras de lejos sin conocerlo.

Él era "diferente", y aunque me prepararon para eso antes de conocerlo, jamás hubiera imaginado hasta qué punto, y probablemente ustedes tampoco podrían. Antes de llegar a la bajada de la calle donde estaba la casa en que vivía, ya podías escuchar sus gritos hasta a más de una cuadra de distancia. Desde la mañana hasta la noche, había días enteros donde podías escuchar un eterno y constante "¡Aaaaaaah!". Probablemente, había hasta vecinos que conocían más a sus gritos que a él, al punto de que –si no escucharan el grito— ni siquiera podrían reconocerlo en la calle, aunque lo tuvieran parado al lado suyo. La realidad es que, pese a haber vivido toda su vida en la misma casa por casi dieciocho años, muchos vecinos prácticamente nunca lo habían visto.

Si bien les he contado que él gritaba mucho para comunicarse, tal vez olvidaba mencionarles algo: él no podía decir nada más. Este niño era totalmente no verbal. Sin embargo, eso era algo que quien sea que lo viera entendería acerca de él después de verlo, aunque sea por un rato, pero hay muchas otras cosas que lo hacían diferente…. Que lo hacían "especial".

Todo el mundo que lo escuchara sabía lo de los gritos, pero nadie ajeno a él sabría lo dependiente que era. No sabían que cada día había vestirlo, bañarlo, y alimentarlo. No sabían que no usaba zapatos ni adentro de la casa ni en el patio, y que quería que le cambien los calcetines inmediatamente cada vez que se ensuciaban o humedecían. No sabían que, al hablar de comer, me refiero a que él quería comer lo mismo todos los días, ni menos lo mucho que se alteraría si faltaba un solo ingrediente, o incluso si se reemplazaba su cuchara por una diferente.

Como ya deben haber imaginado, él asistía a una escuela especial. Una escuela en la que se quedaba sólo por el tiempo que él quisiera quedarse. Tal vez una hora, tal vez dos. Durante ese periodo, él corría por todo el patio de la escuela, y por fuera de todas las salas de clases. Para hacer que se quede más tiempo, su familia le enviaba muchas colaciones: jugos y galletas por montones, que él comía a la hora que él quisiera, y a veces hasta simplemente las botaba.

No me malentiendan, él sí hacía algunas actividades en clases de vez en cuando, pero sólo cuando él quería hacerlo, y sólo las actividades que quería hacer. Muchas veces, esas horas en la escuela no siempre eran fáciles para la gente a su alrededor ¿Será un día tranquilo o irá a intentar agredir –o incluso morder— a algún compañero o profesor? La verdad, nunca se sabía a ciencia cierta cómo sería un día con él, tanto en la escuela como en su casa. El día podía ir muy pacífico para su familia, cuando –aparentemente de la nada— él podría alterarse poniendo a alguien más en riesgo. De hecho, normalmente lo llevaban y traían en auto entre la casa y la escuela ya que, en caso de ir caminando, podía intentar agredir repentinamente a quien lo acompañara, o incluso a intentar escapar. Yo no lo vi, pero recuerdo una historia en que se portó tan violento con su madre cuando caminaban de vuelta a casa que hasta unos buses del transporte público se detuvieron cuando lo vieron, pensando que era sólo un joven intentando asaltar a una mujer, y querían rescatarla. Ellos tenían buenas intenciones, pero no sabían algo muy importante sobre este niño: los ruidos fuertes y repentinos –como los de las bocinas de un vehículo o hasta los gritos de otras personas— podían descompensarlo muy fácilmente. Ellos querían ayudar, pero no sabían nada de este niño, y terminaron haciendo que todo el evento fuera peor. Ellos no sabían qué cosas eran las que lo hacían tan diferente, casi como ustedes, salvo que ustedes ya han escuchado un poco de lo que lo hacía diferente…. Pero aún no les he dicho absolutamente nada de lo que lo hacía realmente especial.

Él siempre andaba corriendo de un lado para otro, ya fuera en su casa o en la escuela, todo el día con un celular en su oído. Escuchando a todo volumen una y otra vez los mismos videos de canciones y escenas de series animadas que venía escuchando desde hace años. Todo como una interminable y sempiterna rutina, que acabaría en una violenta descompensación en caso de perder la conexión a internet, aunque fuera sólo por un par de minutos. No obstante, su "obsesión" con el teléfono no tenía sólo tintes negativos. De algún modo, él era capaz de recordar los diálogos de cada segundo de cada uno de esos capítulos de las series que tanto le gustaban, e incluso podía encontrar fácilmente escenas específicas a una velocidad impresionante, pero eso no era ni de cerca tan impresionante como el uso que él les daba a esas escenas y canciones. Sin que nadie más se lo hubiera enseñado en algún punto, él buscaba un video donde uno de los personajes dijera algo que él también necesitara, como la frase "tengo hambre", y repetía la escena una y otra vez hasta que le hicieras caso. En el fondo, pese a sus desafíos, que él pudiera inventar una forma de comunicación tan brillante totalmente solo fue algo que desde el principio me llenó de admiración, pero lo que terminé sintiendo por él llegó a ser mucho más que eso.

Antes de conocerlo por primera vez, ya sabía que él echaba a mucha gente de la casa a los minutos de que hubieran entrado, sobre todo si eran desconocidos para los que nadie le había anticipado que irían de visita. Hace ya tiempo, poco antes de llegar a su casa por primera vez, su madre me dijo una vez más: "si él te echa, te tendrás que ir". Yo iba dispuesto a que pasara eso luego de un rato, y sólo esperaba poder verlo después de haber oído tanto de él. Sólo quería compartir un momento agradable con él y su madre. Las horas pasaron, y él jamás me echó. En realidad, pasaron unos meses.

Tal vez no fue tanto tiempo, pero se sintió como una vida. Una vida en un hogar más cálido que el mío, con una familia que se llegó a sentir como mía. Una vida en la que este niño quería que yo le preparara la comida, o hasta que lo acompañara en su pieza hasta que se quedara dormido, cosa que no permitía ni que familiares hicieran. De hecho, en ese periodo, vi como echaba de la casa a parientes que había conocido de toda su vida sólo por estar más tiempo que el que a él le parecía el adecuado, mientras que conmigo jamás lo hizo… ni una vez en todos estos meses.

Tal vez, para quien lo lea era una relación muy simple y superficial, pero él permitía –y deseaba— ir caminando conmigo a su escuela. Me dejaba tomarlo de la mano y caminar juntos tranquilamente hasta allá, una distancia que con otras personas sólo aceptaba recorrer adentro de un auto, aunque estuviera a pocas calles de su casa. Recuerdo lo feliz que se ponía cuando quería arrancarse corriendo y, en vez de detenerlo, yo simplemente corría a su lado mientras me aseguraba que estuviera a salvo. Recuerdo cómo me miraba y reía al notar que yo recordaba las escenas y canciones que sonaban en su teléfono, y se las decía antes que los personajes lo hicieran. Recuerdo lo feliz que era con sólo ir a un pequeño parque que estaba a sólo una cuadra de su escuela, aunque para él era como vivir una aventura que no compartía con nadie más, y que prácticamente nunca antes había hecho.

Sin embargo, en esta historia, la verdad es que yo no era nadie, y ya no estoy en ese pequeño pueblo, en esa ciudad, que ignorantemente antes menospreciaba. Probablemente, yo nunca vuelva a ver a este niño que dice "aaaahhh", pero que para mí decía mucho más. En esta historia, yo sólo era alguien que terminó conociéndolo mucho más en unos pocos meses que otra gente que ha vivido más cerca suyo toda la vida. Al final, soy sólo un tipo que mira por la ventana de noche hacia la ciudad que una vez menospreció mientras escucha un par de canciones de dibujos animados. Probablemente, esta noche vuelva a hacerlo, mientras recuerdo un ilusorio y efímero hogar.

Tal vez, las grietas no rompan.
Tal vez, las grietas te cuidan.
— Grietas